Un niño se aleja corriendo de su madre. El niño, probablemente, volverá en apenas unos segundos. Se habrá limitado a acercarse a contemplar las brillantes luces de una máquina expendedora, para conocer cuál es su próximo objeto de deseo. ¿Un huevo sorpresa? ¿Un batido? ¿Tal vez esa cajita que anuncia una divertida (pero poco apropiada para niños) ovejita hinchable? No, no. Una bolsa de snacks. De las que tienen tazos de la serie de turno. No acabará la colección, la promoción acabará antes de que lo consiga, y, en cualquier caso, no tendrá jamás tantos tazos como tiene el niño gordo.
La madre es una mujer buena, una mujer de bien. Iba para abogada, pero se quedó en dueña de una tienda de corte de confección, herencia de la tía, que no está mal. Unos cuarenta y pico. Bien maquillados. Huele bien. Bien peinada. Viste bien. Enjoyada, de derechas, católica, heterosexual. Pro-vida. Solo un venial en veinte años, y porque Paco se equivocó de agujero. Si no fuera por lo de las varices, que no pega con el cilicio, se haría del Opus. Pero ella está contenta con su fe. Y con su hijo, ese futuro deportista.
Por todas esas razones, la madre no sabe quién es Andréi Chikatilo. Pero en esos segundos (ponle trece, por aquello de la sugestión) se le han pasado cientos de imágenes por la cabeza. Imágenes que harían las delicias de Chikatilo. Su hijo, violado, asesinado por un perro rojeras. Por uno de esos asesinos de bebés. Uno de esos gritones violentos. Un perroflauta de tomo y lomo, vaya. O tal vez sea el vecino de abajo, el señor Pérez, que nunca se la ha conocido mujer. La mujer grita.
El niño, acojonado, se siente un terrorista. O lo haría, si creyera en ellos. Pero sus padres le han metido tanto miedo con los terroristas que no puede creerse que existan. Los hombres del saco del siglo XXI.


